Cuando hablamos de ciudades inteligentes parece que nos referimos a un conjunto de ideas y soluciones prácticas en ocasiones desvinculadas con el bienestar de la comunidad. En nuestro país, y particularmente en la Ciudad de México, usamos el concepto, como el de sustentabilidad, para intentar abarcarlo todo. Pero veamos, en perspectiva, la capital mexicana es todo lo que se quiera, menos inteligente.

Para que una ciudad se gane dicho adjetivo no sólo debe incorporar tecnología, sino planeación, la inteligencia de lo humano, porque, ¿acaso no es eso lo que al final de cuentas importa? ¿Que las personas tengan calidad de vida? Y calidad de vida con desplazamientos de tres horas, o un transporte público deficiente, preponderancia a espacios de concreto en lugar de verdes y escasez de agua no corresponde con la noción de smart city.

Una metrópoli inteligente, por ejemplo, no crece verticalmente sin antes pensar en la movilidad. La CDMX es la segunda urbe en Latinoamérica con el peor tráfico. ¿A quién se le ocurrió que Santa Fe fuera una ciudad? Y esto es tan sólo uno de sus problemas menores: basta con mencionar la alarmante crisis de seguridad pública y la creciente escasez de agua.

¿Qué no lo urgente sería repensar la manera en la que construimos nuestro entorno en lugar de tecnologizarse? Es decir, si pensamos en la cuota verde, estaríamos fracasando. Quizá nos guste vivir en esta “selva de concreto”, pero ante el colapso climático, debemos formular otro tipo de preguntas por las previsiones que no parecen alentadoras, como que en 2050 dos tercios de la población mundial habitará en ciudades, según la ONU.

Un concepto dirigido exclusivamente a un sector ilustrado del desarrollo corporativo y tecnológico tiene un riesgo: que la gente sea sólo parte del experimento, pero no parte del diseño del sistema. Peterborough, una urbe inglesa que ganó el premio a la Ciudad más Inteligente del Mundo en 2015, tenía como centro a las personas: “ ‘Inteligente’ tiende a centrarse en la tecnología. [Nosotros] estamos poniendo a los ciudadanos en el centro de nuestro enfoque, al preguntarles cuáles son sus desafíos y qué debe resolverse”, aseguró Cecile Faraud, líder de la Economía Circular de Peterborough.

No por tanto repetir el término erigiremos una ciudad inteligente; no se hace verano repitiendo el mantra smart city. Escuchamos hasta el cansancio palabras como big data, IoT y energías limpias, pero pocas veces se menciona gobernanza, participación ciudadana, igualdad, accesibilidad para discapacitados, etcétera.

Una megalópolis como la que habitamos no puede entenderse bajo un sistema monolítico, sino en la integración de disciplinas.

En una nota publicada en The Guardian, Jonathan Rez, de la Universidad de Nueva Gales del Sur, un escéptico con muchas presentaciones en la Cumbre de las Ciudades Futuras, sugirió que “una forma más inteligente” de construir metrópolis consistiría en que los arquitectos y planificadores urbanos tuvieran psicólogos y etnógrafos en su equipo de trabajo.

En la era de la posverdad (ese conjunto de opiniones emotivas y reaccionarias utilizadas para distorsionar la realidad que, no obstante, validan nuestro sistema de creencias y defendemos a ultranza), se difunde información que damos por sentada. En 2017, El Financiero publicó: “CDMX, primer lugar como ciudad inteligente en el país”, y justificó el nombramiento con base en la automatización de edificios. Debemos ser críticos con este tipo de información. La Ciudad de México no es inteligente.

Desde luego, la CDMX puede serlo, pero tiene que dejar de importar fórmulas. O tal vez, tomar las propuestas de algunos críticos del Reino Unido que afirman que el concepto de ciudad inteligente está pasado de moda. Ahora que la crisis climática pone en entredicho a la civilización, convendría modificar la manera de interpretar la realidad.

Antonio Nietoant
Director Editorial de Grupo Editorial Puntual Media

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