Gerardo Goyeneche

Es arquitecto por la IBERO, cofundador de
SAGO Arquitectos. Académico de vocación y
activista ambiental por convicción. Miembro
de ILFI, SUMe y TCRP.

 

 

El mundo enfrenta una realidad que hasta hace un par de meses era simplemente impensable: fronteras cerradas, economías colapsadas, ciudades vacías y edificios que para algunos se vuelven cárceles y para otros refugios.

Lo que la comunidad científica no logró en varios años con el calentamiento global, lo ha logrado el coronavirus: tenemos que hacer un alto, debemos reinventarnos.

Alrededor del mundo se han levantado voces que tratan de entender las consecuencias de la pandemia en términos económicos, políticos, sociales, culturales y ambientales, desde cómo entendemos un gesto cotidiano al saludar, hasta como trabajamos, cómo nos movemos, cómo habitamos, qué consumimos.

Hay quienes se obsesionan buscando las causas y surgen diversas teorías que van desde una nueva guerra por el control económico global, hasta un nuevo diluvio universal como respuesta a nuestra deshumanización. Diversos grupos ambientalistas argumentan que es una autorregulación del planeta, basados en la creencia que nosotros, los humanos, somos el verdadero virus.

Pero más allá de los porqués están los significados y las posibilidades que nacen de la propia crisis, los hechos irrefutables de cielos más limpios, aguas cristalinas, de fauna que reaparece a reclamar un territorio perdido. Están también las imágenes conmovedoras de una aria improvisada en un balcón y aplaudida por vecinos sin rostro, de un grito anónimo de ánimo que rompe el silencio obligado de un barrio, de la reflexión sobre el valor de nuestros viejos y enfermos, de la lucha en el frente de batalla de la comunidad médica, de la solidaridad de muchos con los otros, y de líderes que dan la cara, mostrando empatía, compasión y certeza.

Sí, es verdad que el Covid-19 ha llegado para cimbrar nuestras estructuras –no solamente biológicas–, obligándonos a evolucionar y reinventarnos, a entendernos distintos y aceptar cuan frágil son los sistemas de los que dependemos.

Y si entendemos a la arquitectura como una representación de la cosmovisión del hombre, será interesante ver cómo respondemos ante esta crisis, como entenderemos el hacer ciudad, el adoptar un verdadero sentido de resiliencia ante la prueba contundente de que todo cambia, y una visión sustentable ante la necesidad de nuevos modelos de consumo.

Resistamos y ayudemos a resistir, pero aprovechemos también la oportunidad y dejémonos transformar.

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